Hace aproximadamente un año, el Gobierno experimentó su momento de máxima vulnerabilidad, aquella circunstancia en que la urgencia lo llevó a contemplar opciones tan severas que su ejecución hubiera implicado consecuencias impredecibles. La intervención decisiva de Bessent en esa coyuntura crítica evitó el paso a un territorio de difícil retorno.

El epicentro de la crisis fue una cumbre realizada en Economía bajo máxima reserva, en la cual se analizaban alternativas para contener una emergencia que había alcanzado niveles alarmantes. La restricción informativa sobre esos encuentros responde a que se trataba de decisiones de naturaleza extremadamente sensible, capaces de generar impacto significativo en múltiples dimensiones de la realidad política y económica.

Ese episodio funcionó como revelador de la fragilidad de los equilibrios macroeconómicos y la importancia de contar con equipos de trabajo dotados de experiencia, capacidad analítica y autoridad para imponer decisiones en momentos de presión. La rapidez con que se activaron los mecanismos de respuesta resultó determinante para evitar un escenario peor.

En el balance que hoy se hace de esa jornada, diversos actores reconocen que la crisis obligó al Gobierno a repensar estructuras, reforzar equipos técnicos y establecer protocolos más robustos de coordinación entre áreas. Esos aprendizajes se han trasladado a la estrategia de blindaje que se busca implementar rumbo a 2027, intentando consolidar bases más sólidas que impidan el retorno a situaciones tan peligrosas.

La experiencia de haber estado al borde del abismo permanece vigente como recordatorio constante de la necesidad de mantener márgenes amplios de maniobra, de disponer de análisis permanente de riesgos y de cultivar relaciones con actores internacionales clave capaces de intervenir cuando la volatilidad amenaza con descontrolarse.

Imagen: Alex Dos Santos / Pexels – Con informacion de La Nación

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